Autoconcepto

La autoestima es la derivación natural de un sistema de creencias sobre sí mismo (autoconcepto) que es positivo y que se ha aprendido en el hogar y que el niño ha asimilado desde su nacimiento mediante mensajes proactivos ante el reto y resilientes ante la frustración. De la misma manera, cuando es negativo el circuito, el autoconcepto será denigrante y la autoestima, baja.

Los elementos clave que se miden son:

  • La aceptación de las características físicas. Es uno de los factores de difícil acceso al libre albedrío y que implica un sentido de realidad.
  • La aceptación de las características psicológicas personales, sintetizadas en la frase popular “forma de ser”.
  • La aceptación de la inteligencia, como raíz de los comportamientos y de la base para la solución de problemas en la vida.
  • La consideración de la amabilidad personal (entendido como merecedor, digno de afecto) ante las personas relevantes.
  • La consideración de que las realizaciones personales esenciales son válidas y satisfactorias, aunque siempre mejorables.

El concepto de aceptación utilizado aquí no implica conformidad y menos, resignación, sino una postura realista ante los datos objetivos que sugieren el valor y la energía para mejorar lo que es modificable y tolerancia serena ante lo que está fuera del alcance personal, como pueden ser algunas características físicas o eventos no dependientes de la voluntad (conductas de otras personas, situaciones ajenas a la intervención personal directa).

El concepto de éxito es sumamente volátil y equívoco por su acepción subjetiva o por el condicionamiento social popular, ligado muchas veces al poder, la fama o la riqueza económica. En el test se entiende como la percepción personal satisfactoria sobre las ejecuciones de la vida diaria, que luego se definen más en el bloque 2 de este test. En este bloque se pretende reflejar la síntesis de una autoevaluación general que incluye el desempeño escolar, las relaciones interpersonales, la aceptación serena de las características físicas y caracteriológicas personales.

El emparejamiento entre el “yo ideal” y la percepción personal da por consecuencia la consideración de “éxito”. Una apreciación perfeccionista o indulgente, por ejemplo, distorsiona el autoconcepto y lo polariza, exagerando la información procedente del medio ambiente. Estas dos actitudes, inicialmente presente en los adultos que rodean a un niño, matizan de manera definitiva los sistemas de creencias y operan como filtros de la realidad. El autoconcepto, entonces, resulta como el efecto de una criba de mensajes, que forman un “yo ideal” imposible de alcanzar (perfeccionismo) o sumamente permisivo (indulgencia).

La resiliencia es la capacidad de sanar las heridas del alma y reponerse de los problemas y dificultades sufridas; está íntimamente asociada a la tolerancia ante el esfuerzo y la frustración. Uno de los indicadores de un autoconcepto saludable y una autoestima alta es esta respuesta. Las dificultades suelen ser la piedra de toque para detectar la solidez y consistencia de la autoestima. Por esta razón, el concepto de resiliencia aparecerá en repetidas ocasiones a lo largo de los resultados de este test.

El autoconcepto y la autoestima son procesos, no adquisiciones permanentes. Hay dos momentos clave en el asentamiento de los sistemas de creencias: 0-5 años y adolescencia. En la primera etapa, los abastecedores casi exclusivos son los padres y profesores. En la segunda, se incrementa el número y complejidad de los proveedores, pues ya intervienen los coetáneos, el ambiente socioeconómico y todos los medios masivos de comunicación, con lo que se complica la intervención educativa.

Entre los 6 años y la adolescencia, el ser humano pasa por una etapa de latencia que permite corregir las intervenciones erróneas, mejorar lo que se ha hecho bien o iniciar acciones que se han omitido. Es, por tanto, una etapa sumamente fértil y la naturaleza da la oportunidad para orientar las acciones educativas de manera remedial o preventiva. Como en todas las áreas educativas la preventividad es crucial, pues implica menos dificultad porque no hay hábitos de por medio.

Autoevaluación de las competencias personales

En cuanto el ser humano evoluciona, elabora procesos de autoevaluación, como una derivación directa de la consciencia personal. Los criterios para esta autoevaluación están fuertemente influenciados por los mensajes paternos, y en segundo lugar por los profesores, que subsidian a los niños con sus propias percepciones y expectativas. Los adultos constantemente añadimos juicios de valor a las conductas que manifiestan los niños y adolescentes hasta que los asumen como parte de su conciencia personal.

Las principales competencias de un niño y adolescente tienen que ver con su desempeño general en las áreas donde transcurre su vida: escuela, grupos relevantes, actividades generales extraescolares. Sobre todo, es fundamental la sensación de que las actividades relacionadas con el aprendizaje son gratificantes y se alejan de los dos polos de tensión: frustración por considerar que los resultados son inalcanzables o aburrimiento, cuando el nivel del reto académico está por debajo de sus capacidades.

Dado que son, por lo general, actividades con resultados medibles y observables, aportan al niño o adolescente información importante sobre la proyección de sus capacidades en acción. Este proceso activa necesariamente un juicio de valor que no se queda solamente en la acción realizada, sino que trasciende a la evaluación de la persona.

Uno de los objetivos educativos es, precisamente, separar a la persona de sus conductas, pues un comportamiento no es la persona. Este proceso es una de las formas más elevadas de la resiliencia.

Este segundo bloque del test de Autoconcepto y Autoestima evalúa los siguientes elementos:

  • Competencia escolar: la información escolar forma el núcleo duro de la evaluación de un niño o adolescente. La mayor parte del tiempo útil, la pasa el niño o adolescente en la escuela.
  • Competencia social: la estima personal es el reflejo, en gran parte, de la estima que manifiestan las personas con las que más convive.
  • Competencia resiliente: la capacidad para sanar heridas psicológicas es la piedra de toque para verificar la solidez del autoconcepto
  • Sensación general de éxito o fracaso: es una percepción general de la autoevaluación personal.
  • Competencias extraescolares: una fuente importante de abastecimiento a la autoestima es el éxito en cualquier área de desempeño extraescolar.

Relaciones interpersonales

En las relaciones familiares se observa la transferencia intergeneracional de patrones de comunicación que se refuerzan por las experiencias repetidas del flujo de energía e información. Cuando los bebés miran a sus padres para saber cómo se sienten y responden, elaboran una referencia social y es un proceso fundamental con el que los niños llegan a regularse a sí mismos y a conocer el mundo.

Las neuronas espejo, sumamente activas en la infancia y adolescencia, capacitan para simular estados internos de los demás, sobre todo a través de los mensajes no verbales. Este sistema neuronal forma parte de un circuito de resonancia que nos habilita para sentir las emociones de otra persona sin perdernos en sus estados interiores. La vida social implica este funcionamiento continuo de la resonancia y es uno de los cimientos del bienestar humano.

Todos los seres humanos forman ideales de vida, pero también encontrarán rompimientos de las expectativas, lo cual implica la necesidad de aprender a solucionar las rupturas con reparación o lograr una nueva sintonía. Este proceso también forma parte de la resiliencia, que es un ingrediente omnipresente en un autoconcepto saludable y una autoestima alta.

Cuando las relaciones interpersonales no aportan ingredientes de integración, aparecerá la pena, la terquedad, el orgullo, la ignorancia y el egoísmo (sobre todo en forma de narcisismo), como síntomas de un fracaso en las relaciones interpersonales de los niños y adolescentes.

Este bloque de características del autoconcepto y autoestima incluye 4 áreas:

  • Relaciones generales: incluye la relación con personas no comprendidas en los patrones básicos de padres, familia, coetáneos y profesores.
  • Relación con los padres: refleja la calidad del apego básico, patrón sobre el que se estructuran todas las demás relaciones.
  • Relación con la familia: los hermanos o familiares cercanos (abuelos, sobre todo) aportan elementos de solidez en el autoconcepto.
  • Relación con los coetáneos: la simpatía y la lealtad con los compañeros aportan niveles constantes de bienestar al autoconcepto.
  • Relación con los profesores: después de los padres, los profesores tienen un alto impacto en los patrones de relación y es el segundo apego básico.

Gestión de las emociones

El sistema emocional es uno de los termómetros que más evidencian el nivel de salud del autoconcepto y la autoestima. Por esta razón, el test lo considera como uno de los elementos importantes a diagnosticar y atender.

La función de las emociones es la de emitir señales e información acerca de nuestros anhelos y necesidades profundas. Si éstos están satisfechos, tenemos emociones agradables, como la felicidad, el entusiasmo, el cariño. Por el contrario, si nuestros anhelos y necesidades profundas están inconformes, experimentaremos tristeza, rabia, miedo, aburrimiento, culpa.

Cuando el mundo emocional está lleno de dolor, algunos niños y adolescentes se desconectan de las emociones para no sufrir. En tales condiciones, se observa un achatamiento emocional y una escasa reacción ante estímulos afectivos, a veces considerado como autismo.

En el circuito propuesto como patrón de formación para el autoconcepto y la autoestima, las emociones son el efecto directo de lo que pensamos acerca de un evento, persona o cosa (estímulo activante). En los dos primeros bloques de este test (concepto general de sí mismo y autoevaluación de las competencias personales), se analizan sobre todo los pensamientos que una persona tiene sobre sí mismo o sus capacidades. Las conductas derivadas, el último eslabón del circuito, aparecen descritas en todos las descripciones y sugerencias. Ahora toca la detección de las emociones, sobre todo las que más afectan el concepto de sí mismo y la autoestima derivada.

La fuerza de las emociones tiene un impacto permanente en el cerebro humano para generar moléculas (hormonas, neurotransmisores) que conforman su funcionamiento y transmiten al cuerpo señales que son codificadas como conductas. La somatización es uno de los efectos más notables. Cuando la autoestima es alta, la oxitocina (afecto) activa la secreción de dopamina (motivación), serotonina (calma) y endorfinas (satisfacción). En esta situación, el niño o adolescente enfrenta la vida con entusiasmo, sensación de poder, capacidad de relaciones equitativas y su estado físico es saludable.

Por el contrario, las emociones más perniciosas son el miedo, el aburrimiento, la culpa, la ira descontrolada y la tristeza continuada. Obviamente estas emociones son comunes y naturales. Aquí nos referimos al surgimiento de ellas en forma artificial o continuada (sentimientos no auténticos porque no responden a un estímulo actual o lo hacen desproporcionadamente). Bajo el efecto de estas emociones, el cerebro promueve la secreción del cortisol, la hormona del estrés, que afecta negativamente al hipocampo como asiento de la memoria a largo plazo y el lóbulo frontal, sede del razonamiento y del cerebro ejecutivo.

En este bloque, sobre todo se mide el impacto de las siguientes emociones:

  • Ira: cuando es emoción recurrente, cancela la capacidad de pensamiento y desata una cascada de neurotransmisores que afectan el rendimiento general de unan persona. La ira se define como la energía invertida para apartar o destruir un obstáculo a mis deseos o expectativas. El capricho es una de las formas más comunes de este pensamiento mágico. Cuando alguien manifiesta ira, muchas veces, los adultos remueven el obstáculo y refuerzan la mecánica del capricho.
  • Miedo: es quizá la emoción más dañina para el adecuado funcionamiento cerebral por la cantidad de cortisol y moléculas afines activadas bajo esta emoción. El miedo refleja un autoconcepto minimalista que incapacita para enfrentar los retos de la vida. Por lo tanto, cada situación nueva generará miedo. Este miedo es aprendido y obedece a criterios perfeccionistas que hacen pensar que una persona nunca está lo suficientemente preparada para resolver retos o que la respuesta tiene que ser “perfecta” o cualquier aproximación es un “fracaso”.
  • Tristeza: se define como dolor por un bien perdido o que se va a perder. Desvía la atención hacia el interior y remite la posibilidad de resiliencia. Cuando la tristeza se convierte en un sentimiento estereotipado, genera una actitud victimista (provocan lástima, pena), que suele ser “buen negocio”, pues encuentra fácilmente “salvadores” que evitan el esfuerzo lógico para conseguir equilibrar las pérdidas.
  • Culpa: es muy diferente a la responsabilidad, porque la culpa deja atorada a la persona en el pasado y solo se siente mal, pero incapacita para corregir o mejorar. La culpa es un sentimiento estéril que bloquea a las capacidades y recursos para actuar. Es otra de las formas del victimismo.
  • Aburrimiento: hace perder la curiosidad y el estímulo interior para buscar nuevos horizontes. La sobreestimulación que provocan las diversiones de pantalla, donde la diversión nos viene dada sin una implicación importante de nuestros recursos está provocando grandes dosis de aburrimiento porque salir de él implica activación personal.

Durante la adolescencia se presentan cambios neurológicos y hormonales que alteran el funcionamiento emocional. La educación debe tener ese principio de adaptación a las necesidades específicas marcadas por la agenda de la naturaleza.

La alimentación juega un papel determinante en las emociones, incrementa o debilita sinapsis en zonas del cerebro que condicionan las respuestas emocionales. Una recomendación importante: el consumo de carbohidratos refinados (caramelos, refrescos, bollería) desproporcionan las respuestas emocionales y tendría que reducirse su consumo.